Hermosura de la superficie en blanco

Hermosura de la superficie en blanco, pero es una belleza que atrae a los náufragos.

Por eso mancho la pantalla, anotando la fecha, el día, el mes, el año, y hasta la hora: son las veintiuna horas, treinta y siete minutos y quince segundos. No sé cómo seguir, ni cómo cubrir toda esa superficie sin límites con una red de pensamientos que quisieran tener la dureza del acero pero tienen la liviandad de una isla de islas flotantes. Ahora mismo es siete de junio del año dos mil quince, pero necesito que fueran todos esos dos mil quince años a la vez, para grabarlos aquí, con el simulado pretexto de ser un fiel contable, cuando lo que sucede es que no sé nadar.

Apenas me quedan letras en los pulmones, sé que se me acaban las palabras, y bloqueo las últimas caligrafías.

Miro adelante y veo aún mucha página en blanco, una especie de hoja hasta el horizonte, todo blando.

No puedo ya trenzar trazos, bracear sílabas, así que recito en voz alta libros que conozco de memoria, poemas de la escuela, rayas en la pizarra.

Pero de nada sirve.

Necesitaría saber escribir bien y fuerte.

Pero en el último instante, cuando tengo al alcance de la mano el cabo de la hoja, la bahía en la punta de los dedos, no llego.

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